martes, 4 de diciembre de 2012

Tierno Galván: la esperanza de un alcalde para Madrid



Tierno Galván: la esperanza de un alcalde para Madrid
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 28 MAR 1979
Secretario general del PSOE y diputado por Madrid
Para Antonio Machado, Madrid era el «rompeolas de todas las Españas». El microcosmos que representaba la aportación de todos los talantes, de todas las culturas, de todos los sufrimientos y de todas las aspiraciones de los pueblos que integran España.

Algunos han creído ver en esta ciudad una falsa imagen de centralismo. Ni siquiera los madrileños de origen se sienten centralistas; no digamos los millones de madrileños que han llegado a esta ciudad de todos los rincones de España impulsados por la necesidad o cargados con la esperanza de una vida mejor.

Madrid ha soportado siempre, y soporta hoy, el peso de una Adminisiración fuertemente centralizada y agobiante en todas las materias hasta convertir la ciudad en un mal ejemplo de hacinamiento humano, de servicios pésimos para la colectividad, de intolerable contaminación atmosférica y de vida más cara que la de cualquier otra ciudad de España.

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Ante los madrileños se plantea el reto de la democratización de la vida municipal. Un reto esperado desde hace casi medio siglo. Una apuesta retrasada, como una maniobra vergonzante más, por la derecha gobernante. Democratizar significa que Madrid sea gobernada por el pueblo y para el pueblo.

Son varias las opciones que se ofrecen a los madrileños. La derecha ha sabido agrupar sus votos ante la posibilidad de que la izquierda se alce con el triunfo en las próximas elecciones municipales. Nadie como los grandes especuladores, comerciantes o financieros entiende mejor el concepto de «utilidad» para la defensa de sus intereses como grupo privilegiado.

Pretenden que Madrid siga siendo lo que hasta ahora es. Quieren conservar ese mundo de grandes negocios, impenetrables, de urbanizaciones salvajes, de servicios públicos deteriorados, de escuelas clasistas y discriminatorias, etcétera. Sus portavoces siguen siendo, con camuflajes diversos, los hombres del pasado, a pesar de que este camuflaje les permita actuar con el descaro de individuos que pretenden dar lecciones de «democracia» y de «eficacia».

Frente a esta opción de derecha varias listas de la izquierda compiten por cambiar la orientación de la vida municipal. Cada una tiene una credibilidad distinta. Yo no voy a caer en el error de entrar en disputas que pretendan descalificar a unas u otras opciones. Todas tienen el mérito de ofrecer caras nuevas, sin vinculaciones directas con el pasado inmediato y con el bagaje de la dura lucha contra la clase dominante durante los años de la dictadura. Por eso sigo sin poder comprender que desde algunos partidos de izquierda se pretenda descalificar a la lista o a la persona que encabeza la lista socialista para el municipio de Madrid.

Para cualquier ciudadano progresista, amante de la democracia y de la libertad; para cualquier madrileño que pretenda que su ciudad cambie de orientación y que el Ayuntamiento sirva a los intereses de la mayoría de los ciudadanos; para cualquiera que desee combatir los problemas de la especulación del suelo y pretenda corregir las desviaciones que una política de corruptelas permanentes ha producido con el urbanismo y con los servicios públicos; para cualquier persona honesta que crea que las cosas no han ido bien y deben cambiar, el único candidato con posibilidades de vencer a la derecha es el candidato socialista: Enrique Tierno Galván.

¿Quién es ese candidato que con un equipo de personas de su misma ideología, socialista y democrática, pretende ofrecer una alternativa distinta para Madrid?

A Tierno Galván se le reconoce por todos una honestidad intachable, acuñada a lo largo de decenios de lucha tenaz contra la dictadura y en favor de la libertad y el socialismo. También se le reconoce por todos una gran capacidad intelectual, asimismo apreciada a lo largo de decenios de enseñanza como maestro y de investigador de las ciencias sociales. Este doble reconocimiento trasciende las fronteras no sólo de Madrid, sino de nuestro propio país.

El profesor Tierno Galván es un humanista que se acerca a los problemas del hombre como individuo y a los problemas del hombre en sociedad. De su aproximación saca respuestas válidas para el hombre.

No es un tecnócrata y creo que debe sentirse orgulloso por ello. De multitud de tecnócratas se han rodeado las administraciones franquistas y siguen rodeándose sus herederos. De hombres sin ideología, sin aspiraciones de cambio, sin deseos de atender a los problemas del hombre concreto; prisioneros de cifras y datos que utilizan para mantener la opresión y las técnicas de marginación de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

A mi juicio, Madrid necesita un alcalde honesto e inteligente. Un hombre capaz de comprender los problemas de los centenares de míles de familias que viven soportando la mala administración con que los tecnócratas del franquismo y del postfranquismo han castigado a esta gran ciudad. Un hombre abierto a la colaboración y a la participación de todos los ciudadanos de buena voluntad. Una persona capaz de entender y asumir los consejos y las orientaciones de especialistas en cada uno de los problemas que deba afrontar, complementándolos con ese sentido de servicio a la persona concreta y a la colectividad en que se inserta.

Para los madrileños la opción es muy limitada pese a que los aspirantes sean numerosos. O gobierna esta ciudad un alcalde conservador y ligado a los intereses de la derecha, o gobierna un alcalde socialista: Enrique Tierno Galván.

Por si alguien piensa que he caído en la tentación de personalizar en exceso, debo añadir que para los socialistas la campaña municipal es, sobre todo, el reto histórico de hacer penetrar en la estructura de todos y cada uno de los municipios españoles a millares de concejales que con honestidad estén dispuestos a prestar servicios a su pueblo. Pero la reflexión que quiero hacer llegar al ciudadano madrileño a través de estas notas me obliga a simplificar como lo he hecho, con la convicción profunda de estar defendiendo al mejor candidato para ocupar la alcaldía de Madrid.

La Conferencia de Madrid



La Conferencia de Madrid
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 10 SEP 1980
Archivado en: Diplomacia Opinión OSCE Ayuntamientos Contactos oficiales Política exterior OTAN Estados Unidos URSS Madrid Bloques políticos Administración local Bloques internacionales Comunidad de Madrid Organizaciones internacionales Relaciones internacionales Relaciones exteriores España Administración pública

En la situación internacional más difícil y compleja que se ha producido desde la segunda guerra mundial, va a celebrarse en Madrid la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE).A nivel mundial, la intervención soviética en Afganistán, precedida por la crisis de los misiles en Europa y acompañada por los acontecimientos de Polonia y un clima de violación sistemática de derechos humanos, ha puesto en entredicho toda la dinámica de distensión y ha frenado bruscamente un clima de relativa cooperación Este-Oeste, lenta y laboriosamente creada.

También nuestro país atraviesa por una situación oscura en relación con sus principales problemas internacionales: el proceso de integración en la CEE, las negociaciones sobre Gibraltar, el conflicto en el Mogreb, etcétera... Y en este cuadro, las declaraciones de¡ ex ministro de Asuntos Exteriores, estableciendo un calendario para el ingreso en la OTAN, que han roto la posibilidad de una política exterior de Estado en torno a la conferencia, limitando gravemente nuestras posibilidades para desarrollar en la misma un papel propio y relevante.

No obstante, y a pesar de que desde la intervención en Afganistán, todo el mundo parecía esperar el lanzamiento de la primera piedra contra la Conferencia de Madrid, ésta constituye una ocasión importante, tal vez decisiva, para rescatar el proceso de distensión y fomentar la cooperación. Desde una óptica socialista, ello es fundamental, no sólo porque necesitemos frenar las posibilidades de un conflicto de consecuencias catastróficas a nivel europeo y mundial, sino porque la radicalización de las posiciones Este-Oeste pueden estar favoreciendo las posturas occidentales más conservadoras y las posiciones más cerradas desde el punto de vista totalitario del Este.

Una más estrecha cooperación
Los acontecimientos de Polonia, en los que no parece cuestionarse un proyecto socialista, sino la ausencia de un pluralismo imprescindible para el ejercicio de la libertad, y la existencia de una identidad total entre el partido único y el Estado, pone de manifiesto que una flexibilización sólo será posible en los países comunistas si ésta se produce al amparo de una relación más estrecha de cooperación entre la Europa occidental y oriental, al mismo tiempo que se garantiza un mecanismo de convivencia a través de instrumentos como la CSCE. No es impensable que se reproduzcan situaciones como la de Hungría de 1956 o como la de Checoslovaquia de 1968, aunque no cabe duda de que sus repercusiones actuales serían aún más graves y complejas para la propia Unión Soviética.

Pero, por otra parte, la actual popularidad de Reagan en EEUU y el mismo enfoque agresivo de la campaña electoral de Strauss en Alemania, por sólo citar dos ejemplos, pone de relieve que en el mundo occidental son las opciones más conservadoras las que pueden aprovechar una ausencia de distensión internacional.

Por ello, pensamos que la Conferencia de Madrid debe tener éxito y convertirse en un paso importante para reiniciar el proceso interrumpido.

La complejidad de las relaciones internacionales y la enorme carga psicológica a niveles populares que rodean las cuestiones de seguridad aconsejan tener en cuenta ahora un dato importante: la reunión de Madrid no puede ser una repetición de lo ocurrido en Belgrado, en la que el tema de los derechos humanos más que una preocupación seria, se convierta en un arma arrojadiza por algunos de los interlocutores, mientras que para los otros lo único que tenga importancia sean las cuestiones de seguridad. Volveríamos a encontramos frente a la estéril demagogia que persiguió la reunión de Belgrado y que la condujo al fracaso.

La Conferencia de Madrid debe cumplir una serie de objetivos específicos y posibilistas, en el marco de un perfecto equilibrio respecto a la intensidad con que han de tratarse los temas adscritos a los diferentes cestos o comisiones de trabajo.

Objetivos específicos y posibilistas
En el primer cesto, la CSCE debe avanzar en el terreno de las medidas que impliquen un desarme equilibrado que, sin significar el debilitamiento de cualquiera de las partes frente a las otras, permita el afianzamiento de un clima de confianza. Como los temas de seguridad son verdaderamente complejos, no se podrá esperar de esta conferencia una larga lista de medidas concretas. No obstante, junto a algunos acuerdos que podrían alcanzarse en las llamadas medidas de confianza (CBM en la terminología de los técnicos) en esta reunión de Madrid, puede tomarse la iniciativa de convocar para 1981 una conferencia de desarme en el marco europeo, con un mandato suficientemente detallado para que se consiga no sólo el éxito de la Conferencia de Madrid, sino que la posterior de desarme pueda trabajar sobre objetivos concretos, y no sobre simples buenos propósitos.

Cabría esperar que esta conferencia de desarme se institucionalizara con reuniones periódicas y, mediante el establecimiento de un organismo de control y de seguimiento, quedase ligada a la CSCE en sus futuras reuniones. Tendrá que abarcar tanto el desarme convencional como nuclear en toda el área europea, buscando el modo de lograr en diferentes fases un desarme paulatino y equilibrado, controlado mutuamente y con la participación en el proceso de los signatarios del Acta de Helsinki en condiciones de igualdad.

En el segundo cesto, que trata de la cooperación y cuyo tecnicismo y falta de espectacularidad lo ha convertido en el «pariente pobre» de los demás cestos ante la opinión pública, es necesario seguir trabajando, pues, como se puede comprobar con la ostpolitik que practica la RFA, la base de una distensión radica en un complejo y tupido entramado de relaciones económicas, tecnológicas y culturales entre el Este y el Oeste. La actual crisis energética ha puesto de relieve la necesidad que tienen los Estados industrializados, independientemente de su modelo socioeconómico, de lograr un nuevo sistema de cooperación económica en el marco de un nuevo orden económico internacional. Se debe, pues, avanzar en la armonización de los intercambios entre los sistemas económicos existentes en Europa, enfocando los progresos que se hagan en este ámbito como una plataforma que permita también un diálogo Norte-Sur eficaz, en el que se comprometan los países industrializados y los del este europeo. La protección del medio ambiente, el intercambio tecnológico y científico deben entenderse como un instrumento de la distensión, y en este ámbito la CSCE debe contemplar la creación de órganos propios de seguimiento.

Un "cesto" fundamental
El tema de los derechos humanos preside el tercer cesto, y, sin duda alguna, es fundamental, pues en su respeto radica la garantía de una Europa libre y no mediatizada Pero cuando se habla de derecho, humanos no se puede limitar e debate a su faceta de derechos individuales, pues éstos no tiener sentido si no se apoyan en una concepción justa de las relaciones socioeconómicas. La libertad continúa siendo escasa, pero tambiér son ignorados el derecho al trabajo, a la educación o a la salud, por citar unos pocos ejemplos. En esta reunión de Madrid debe avanzarse en el campo de lacooperación humanitaria, contemplando tanto sus aspectos individuales como sociales, y en este contexto debe prestarse especial atención a la libre circulación de las personas y de la información, intensificarlo, intercambios culturales y educativos y promover la protección y e intercambio de los valores culturales de las minorías nacionales o regionales.

Presencia de los países mediterráneos
Junto a los tres cestos de la CSCE está la cuestión de la presencia en la conferencia de los Estados mediterráneos no europeos, presencia que sin duda alguna plantea problemas. Sin embargo, hay que recapacitar sobre la misma denominación de la conferencia, que lo es «sobre la seguridad y la cooperaciónen Europa». La presencia de dos miembros de pleno derecho situados al otro lado del Atlántico por su pertenencia a la OTAN subraya lo evidente: lo europeo está afectado por lo que ocurre fuera del viejo continente, e incluso cabría añadir que aunque la URSS es geográficamente europea, su carácter de gran potencia le confiere en realidad, al igual que EE UU, una dimensión mundial, es decir, en este caso supraeuropea. La CSCE tampoco puede pues ignorar lo que piensan los países mediterráneos, africanos o asiáticos, porque son los vecinos inmediatos de los europeos, y el Mediterráneo, más que una línea divisoria, es un lugar de encuentro o, si se quiere, de tensiones. Por ello, todos estos países deben poder tener acceso a las reuniones de la conferencia, y si bien es cierto que ello no es posible como miembros de pleno derecho, la fórmula que se adopte debe permitir que sus opiniones sean conocidas y, también, tenidas en cuenta. Además, la reunión en Madrid de la CSCE debe ser la base de partida para la convocatoria de una Conferencia de Seguridad y Cooperación en el Mediterráneo, en la que puedan participar, junto a los dos grandes, todos los Estados ribereños, para permitir así en el futuro el establecimiento de un sistema de seguridad y cooperación complementario al estrictamente europeo, si bien ello no será posible sin la previa solución del conflicto de Oriente Próximo y la desaparición de las actuales tensiones en el Magreb.

España: actitud imparcial
Finalmente desde la perspectiva del papel que España ha de desempeñar en esta reunión de la CSCE, hay que tener muy presente que, cuando Madrid fue elegida en 1978 como sede de esta reunión de 1980, esta decisión estaba enmarcada por la circunstancia de que España habría recobrado su carácter democrático y por el hecho de que no formaba parte de ninguno de los dos bloques militares, aspecto este último que había sido determinante en la elección de Finlandia y Yugoslavia como países anfitriones de las dos reuniones anteriores. Por ello, si bien es cierto que España no debe limitar el ejercicio de su plena soberanía en las posturas que habrá de adoptar durante la celebración de la conferencia por el hecho de ser el país anfitrión, con más motivo no puede ni debe ser rehén de las posturas que vayan a adoptar determinados países miembros de una alianza militar. El papel de España, en su calidad de país sede de esta reunión, está bien claro: una actitud imparcial que le permita en los momentos cruciales ser mediadora de posturas encontradas, para facilitar, e incluso permitir, el éxito de la conferencia. En este sentido, las declaraciones del titular de Asuntos Exteriores hace apenas unos meses señalando un calendario para el ingreso de España en la OTAN han dañado gravemente las posibilidades españolas de desempeñar, con todo el relieve deseable, el papel que le correspondía y que se le brindaba al celebrarse la conferencia en Madrid. Sin duda alguna, estas extemporáneas declaraciones, cuyo contenido no comparte el PSOE, no han contribuido por su inoportunidad a mejorar el clima de tensión que rodea la celebración de esta reunión debido a la actual situación internacional. Se está a tiempo aún de rectificar este error, de recuperar para España un papel propio, y no mediatizado, y en este contexto, y dentro de la propia independencia de criterios que le exige su soberanía, mantener un estrecho contacto durante esta reunión de la CSCE con aquellos países que, como Suecia, Austria, Finlandia, Suiza o Yugoslavia, no son miembros de ninguno de los dos bloques militares.

Felipe González es secretario general del PSOE.

A la búsqueda de la verdad perdida



A la búsqueda de la verdad perdida
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 9 MAY 1999
Ahora, en Kosovo, el crimen se encuentra en pleno triunfo. El mundo conoce tan sólo la punta del iceberg. Pronto se estremecerá al tener acceso a la entera verdad. Ésta no tardará en llegar, y entonces serán muchas las personas que no podrán dormir tranquilas. Ismaíl Kadaré, El infierno está en Kosovo, EL PAÍS, viernes 30 de abril de 1999. ¿Han oído ese grito? ¿O estará destinado a perderse como un eco más en la barahúnda de voces que atruenan nuestros oídos cada día ante la guerra de Kosovo?Vivimos llenos de escudos protectores. ¡"No nos dicen toda la verdad"!; como si eso fuera posible, como si existiera toda la verdad. ¡"No tenemos toda la información"!; como si alguien la tuviera. ¡"Se practica una doble moral"!; como si existiera una ética de lo absoluto. Queremos dormir tranquilos hoy, salvando nuestra distanciada responsabilidad, y mañana, cuando la verdad esencial del horror se nos revele en su plenitud y digamos que nadie nos advirtió. Temo que no estemos escuchando, aunque oigamos; que no miremos, aunque veamos, a las columnas interminables de refugiados, deportados, expulsados de sus hogares de siempre, con una extraña composición demográfica: muchas mujeres, ancianos y sobre todo niños. Pero faltan muchos hombres. Se ve, si se mira con atención; se escucha, si se oye con compromiso. Hay un iceberg del horror.

Es esta verdad en forma de grito, previa a la reflexión, la que me ha golpeado. No comparto todo lo que dice Kadaré; por ejemplo, cuando responsabiliza a todos los serbios, pero tampoco lo necesito, porque comparto lo esencial: la solidaridad, la compasión ante una injusticia que no necesita ser explicada para sentirla, para rebelarse contra ella: se está exterminando a una población. ¿Qué explicación necesitamos para reaccionar a tiempo, si es que estamos a tiempo, o ya, para que no soportemos un llegar más tarde todavía?

No se detengan en los argumentos impresentables, que colocan a Milosevic como víctima de la OTAN por ser de izquierdas. Es una indigna justificación, a toro pasado, de los crímenes de Stalin, en nada diferentes a los de Hitler. Como si fueran de derechas los albaneses de Kosovo masacrados por millares o deportados por centenares de miles. Es una estúpida clasificación, llena de peligros, entre derecha e izquierda, digna de los fundamentalismos ideológicos que han destrozado este siglo.

Otros de más enjundia, como el que afirma que aquí se interviene y en otros lugares no, o como el que dice que Rusia se va a sentir humillada y amenazada, merecen más atención. También la merecen los que piensan, de buena fe, que fue la intervención de la OTAN la que provocó el desastre humano que estamos contemplando, o en la crisis implícita del orden internacional representado por la ONU, o que no se debía haber permitido a Milosevic llegar tan lejos.

Pero, después de atenderlos todos, resuelvan, porque Kadaré nos transmite la verdad esencial, aunque haya muchas más verdades parciales que nos llenan de incertidumbre. Nos transmite aquella verdad que se anticipa a la necesidad de razonar, de reflexionar, porque pone ante nuestros ojos un valor o un interés previo, profundamente humano. Si lo hacen, si se atreven a hacerlo, llegarán al compromiso ético básico, no absoluto, de que hay que parar el genocidio.

Comprendo las dudas, como las de Umberto Eco, como las de Manuel Castell, como las de tantos y tantos amigos en España, en Europa, en América Latina, confusos ante los perfiles de esta guerra, frente a las certidumbres inconmovibles de los que disponen de un código de señales fijo, que les permite una posición segura y previa, porque -creyentes o no- se sienten en posesión de la verdad absoluta. Yo también pienso que no se interviene en otros lugares, pero eso no justifica que no se haga aquí, aunque haya, ¡que no es fácil!, situaciones comparables. Aquí que no hay petróleo, aquí que no hay riqueza, aquí que no hay grandes intereses estratégicos, aquí que se podría haber mirado para otro lado, con el argumento despectivo de que los Balcanes son así desde hace siglos. Porque si es en el Golfo, ya se sabe, dicen los bienpensantes, lo que buscan los americanos, o los europeos. Todavía resulta increíble que se diga que no se busca ni petróleo, ni dinero, ni defensa de la religión (no es santa esta guerra, como ninguna lo ha sido, ni lo será); que pueda ser la primera guerra de este terrible siglo XX, ya casi fenecido, que se produce por vergüenza. Vergüenza de seguir contemplando, impasibles o impotentes, el comportamiento del sátrapa con mayor responsabilidad en el desastre humano de la implosión yugoslava.

Yo también pienso que a Rusia se le ha creado un problema con esta intervención, por mucho que haya compartido, desde el primer momento, la necesidad de parar a Milosevic. Pero me gustaría recordar que el pueblo ruso, como todos los pueblos de la antigua URSS, conoce bien lo que significa la existencia de personajes capaces de hacer deportaciones masivas, operaciones de exterminio de poblaciones enteras. ¿Por qué los rusos habrían de sentirse humillados por una intervención que trata de parar un comportamiento semejante al que Hitler, primero, y Stalin, después, tuvo con ellos? Para Rusia, después de la caída de la Unión, el problema más serio, la humillación más profunda, se relaciona con la pérdida de las fronteras de Pedro el Grande y sus salidas al mar, por el norte y por el sur, y no con Yugoslavia, que contemplaron bajo el paraguas de la OTAN desde los tiempos de Tito y de Breznev. Yo he vivido el hartazgo de los representantes rusos ante un Milosevic que ha despreciado, una y otra vez, las resoluciones de Naciones Unidas, de la OSCE, del Grupo de Contacto, todas ellas participadas, como protagonistas, por los representantes rusos.

Yo también creo que la intervención precipitó los acontecimientos. Es más, ya los precipitó la retirada de los observadores de la OSCE, cuando Milosevic se negó a firmar un acuerdo de autonomía respetuoso de la identidad de los albanokosovares, que les fue arrebatado arbitrariamente en el 89, cuando empezó todo. Observadores que no debieron desplegarse desarmados y convertidos en rehenes internacionales, en una más de las cesiones a la intransigencia de Milosevic. Pero no es posible logísticamente provocar tan enorme desplazamiento de población, con la perfección salvaje de la limpieza étnica, en un plazo como el que hemos visto, sin una preparación previa de mucho tiempo. En mayo del pasado año, cuando comparecí ante el Consejo de Asuntos Generales de la Unión Europea, ya tenía, creo que teníamos, la certidumbre de que la película del horror había empezado y repetía la que habíamos visto en Bosnia, entre el 92 y el 95.

Yo también creo que la ONU debería haber rematado la faena que comenzó con sus contundentes resoluciones frente a Milosevic y que aparece cuestionada porque la cobertura de la intervención es insuficiente o discutible. Pero es más cierto que el veto, como anacronismo que explica otra época, impide que ONU pueda ejercer con coherencia la representación de la comunidad internacional.

El propio secretario general ha hecho una propuesta de cinco puntos, coherente con las resoluciones del Consejo de Seguridad que le sirven de antecedente y de sustento. Si Milosevic la rechaza y, llevándola al Consejo alguien con derecho a veto impide su aprobación, el sátrapa de los Balcanes se sigue burlando de todos. Es este tipo de personajes, más el trasnochado sistema de funcionamiento, el que pone de manifiesto la crisis de Naciones Unidas, a pesar de ello imprescindible para todos.

Yo también pienso que se ha actuado tarde y con fallos, sobre todo garantizando a Milosevic que no habría intervención por tierra, es decir, que no se llegaría hasta el final. Pero no puede servirnos de justificación elusiva para que se retrase aún más o definitivamente. Decía Azaña que si cada español opinara de lo que sabe, y sólo de lo que sabe, se haría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio. El valor de su reflexión, me temo, traspasa nuestras fronteras, pero hay acontecimientos, como el que estamos viendo sin querer mirarlo, que no necesitan un grado de información, de estudio, como el que pretendía Azaña. Son aquellos que afectan a valores, a intereses humanos, como los contenidos en el grito de Kadaré. Acontecimientos que nos exigen un compromiso, aquí y ahora, con lo concreto, aunque nos inquiete hoy, para que podamos conciliar el sueño mañana, cuando se nos muestre la totalidad del iceberg. ¿Quién no tiene dudas, salvo los sectarios o los fundamentalistas que disponen de una ética de lo absoluto? Pero estas dudas no pueden servir de escudo para seguir manteniendo el relativismo descomprometido, de los que miran para otro lado, o exhiben su sabiduría racionalista distanciada, cargando contra tirios y troyanos; para contemplar la batalla desde arriba, contabilizar las bajas y seguir culpando a los demás, sin que nadie merezca ser salvado de la hoguera de su agudeza crítica.

Me duele porque son mis amigos, me duele porque comprendo y comparto algunas o muchas de sus críticas, aunque me las reserve para mejor ocasión. Pero me duele, sobre todo, porque mañana vamos a tener que seguir buscando explicaciones a nuestro tibio compromiso o a nuestra falta de compromiso, con más y más argumentos brillantes, que nos permitan conciliar el sueño ante el horror. Me quedo con la verdad humana de ese grito, más que con las sesudas razones que nos ayudan a escapar de ella.

Y, en el fondo, lo que más me duele es pensar que una vez más el responsable de esta situación llegue a firmar la "paz", gane tiempo como especialista en supervivencia y... comience de nuevo.

Utopías regresivas y debates agresivos



Utopías regresivas y debates agresivos
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 2 MAR 2007
El debate en Iberoamérica va por el camino de la aspereza, sobrecargado de apelaciones descalificadoras. Hay que encontrar el método para dialogar sobre ideas y proyectos aplicables a la realidad actual, que contribuyan al desarrollo económico y social, a la integración regional o subregional y a la inserción de manera relevante en esta nueva era del conocimiento. Las naciones de la región se aproximan al bicentenario de la independencia y vale la pena plantearse los desafíos que han de enfrentar en el nuevo siglo.

Los ciudadanos están eligiendo democráticamente a sus dirigentes, y ese valor adquirido, tan escaso en nuestra historia a ambos lados del Atlántico, debe ser respetado. En nuestro ámbito cultural, la mayor parte de los conflictos y de los fracasos históricos han comenzado por elevar el tono de las palabras, creando dinámicas de enfrentamiento innecesarias y autoexcluyentes. No importa discrepar siempre que se respete al otro, particularmente ahora que lo legitima el voto, aunque falle a veces la legitimación de ejercicio.

Es cierto que llama la atención la reaparición de lo que un buen amigo llama las utopías regresivas, anteriores en su formulación a las fracasadas del siglo XX, pero también lo es que los ciudadanos se cansan de la desigualdad lacerante y buscan alternativas a sus frustradas esperanzas. Ninguno de los vuelcos en las decisiones populares puede desligarse de este fenómeno. También hay experiencias de reconocimiento continuado de proyectos exitosos que han mejorado las condiciones de vida de las mayorías. No merece la pena discutir si se trata de oleadas hacia la izquierda o hacia la derecha, cuando se constata con facilidad que detrás de los movimientos sociales que llevan a ensayar nuevos caminos siempre hay cansancio ante las expectativas no satisfechas.

Estas utopías regresivas son de diversos signos. Desde las que nos colocan la idea de que "todo lo arregla el mercado", confundiendo economía de mercado con sociedad de mercado, hasta las que nos retrotraen al ruralismo o la excesiva presencia del Estado, volviéndolo a llenar de grasa e ineficiencia.

En unos casos, nos retrotraen al fundamentalismo liberal que niega la función del Estado o lo reduce al Estado mínimo, impidiéndole actuar para fomentar la igualdad y redistribuir el ingreso. En otros, nos conducen a viejos caudillismos redentores que se apropian del Estado y lo hacen clientelar, ocupando espacios que no le corresponden, convirtiéndolo, a la postre, en ineficiente.

Me preocupa por igual que no se tenga en cuenta la historia, pretendiendo refundaciones que la desconocen y que siempre fracasan porque la historia nos persigue y nos condiciona, o que sólo se tenga en cuenta para generar cegueras ante un futuro que ya está entre nosotros y que tenemos que enfrentar al servicio de los ciudadanos. Por pura deducción lógica, lo que más preocupa es una mezcla explosiva de las dos visiones: paraísos mitificados y perdidos que se pretenden como horizonte de futuro, y rechazo a los desafíos reales que este futuro nos presenta.

Si observamos con imparcialidad lo que ocurre en una buena parte de Asia y del Extremo Oriente, sin la tentación de la clasificación ideológica, se tiene la evidencia de que caminan, en términos de desarrollo económico, hacia la nueva civilización y de que ganan peso en su inserción en la nueva realidad mundial. China, Vietnam, Corea del Sur, India..., etcétera, llevan un cuarto de siglo avanzando en su producto bruto, añadiendo valor según los parámetros de la economía del conocimiento, compitiendo y desplazando el comercio mundial de sus centros gravitatorios tradicionales, en los que el Atlántico era el eje, para sustituirlo por el Pacífico.

¿No tienen la impresión de que caminamos por la senda opuesta en nuestra área cultural, incluidos los éxitos parciales y los momentos de bonanza? No nos estamos enterando de hacia dónde van las cosas en el siglo XXI para encararlas con sentido, aprovechando las oportunidades y minimizando los riesgos.

Este debate sí me parecería interesante como debate de ideas más que como confrontación falsamente ideológica. Me parecería aún de mayor interés la reflexión sobre los proyectos transformadores de la realidad para luchar contra la desigualdad, no sólo como problema ético, sino como lastre para el desarrollo en este nuevo siglo, o el de las deficiencias que soportamos en el campo de las nuevas tecnologías, con carencias básicas en formación de capital humano, o el de la energía como elemento de integración regional y desarrollo a medio y largo plazo, además de como factor clave para la relevancia internacional. Éstos son los elementos de preocupación que deberíamos tratar, evitando el juego de descalificaciones personales tan propio de nuestra cultura fulanista.

Pero, además, me preocupa el proceso de toma de decisiones en todas las instancias públicas, que nada tiene que ver con las disputas ideológicas. En general los países en desarrollo y en particular la región latinoamericana, con pocas excepciones, han de plantearse la mejora del funcionamiento de las administraciones públicas como un factor decisivo para avanzar hacia la centralidad o, si prefieren, hacia la modernidad que se identifica con los países más desarrollados.

Un proceso decisorio previsible, transparente y eficiente, en los plazos y trámites, se convertiría en un gran estímulo para generar confianza ciudadana, confianza en los actores económicos internos y externos. Aumentar la credibilidad de nuestros sistemas democráticos depende, en gran medida, de la transformación de lo que se llama discrecionalidad del poder que, en muchos casos, es arbitrariedad en un sistema reglado y simple que se pueda identificar, aliviando la vida de los ciudadanos en cualesquiera de sus relaciones con las administraciones públicas. Se trata de mejorar la calidad de la democracia.

Como tantas veces en la acción política, estas materias que afectan al día a día de la vida ciudadana, no forman parte ni de los programas electorales, ni de los debates entre gobierno y oposición, hasta el punto de menospreciarse el impacto que las reformas en el funcionamiento de las instituciones y de las administraciones podrían tener en la lucha por el desarrollo económico y social.

Deberíamos hablar de cosas como éstas, porque no ofenden a nadie y pueden introducirnos en una vía de diálogo entre todos para definir los caminos de América Latina hacia la modernidad.

Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

Soberanía compartida



Soberanía compartida
El único recurso que le queda a la Unión Europea, no solo frente a nuestra crisis generalizada, sino para lograr incorporarnos a la nueva realidad global, es más Europa
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 31 MAY 2012 - 07:28 CET21
El único recurso que le queda a la Unión Europea, no solo frente a nuestra crisis generalizada, sino para lograr incorporarnos a la nueva realidad global, es MÁS EUROPA y menos NACIONALISMO RAMPANTE. Ninguno de nuestros países, grandes, medianos o pequeños, tiene posibilidades de afrontar por su cuenta estos retos actuales y futuros. Y, si no pueden conseguirlo por sí solos, ¿qué debemos hacer para salir de esta crisis y asegurarnos un lugar en la nueva realidad?

Como es natural, existen opiniones antieuropeas y antiglobalización que suelen refugiarse en los términos nacionales o proteccionistas, que piensan en obtener la libertad de actuar contra las necesidades prioritarias de Europa o que emplean prácticas proteccionistas para eludir la cuestión de la falta de competitividad que aqueja a una Europa desarrollada.

La construcción de un espacio público común entre distintos países de la UE y de la eurozona se hace mediante cesiones sucesivas de soberanía
Por eso Europa debe optar entre avanzar de forma decidida hacia la federalización de las políticas fiscales y económicas (además de los aspectos fundamentales de la proyección exterior) o deshacer, a un precio desorbitado, el largo camino ya recorrido hacia la construcción europea. La tentación dominante en la actualidad, que consiste en dar pasos cortos y tardíos que no resuelven ningún problema, está creando cada vez más frustración entre los ciudadanos.

La construcción de un espacio público común entre distintos países --los de la Unión Europea y, dentro de ella, los de la eurozona-- se hace mediante cesiones sucesivas de trozos de soberanía natal para compartirlas con los demás, a través de las instituciones comunitarias previamente definidas en los tratados. Los Estados de la UE han ido cediendo sus políticas agrarias para constituir la PAC y sus relaciones comerciales con otros países para administrarlas de forma conjunta. Eso no significa perder la soberanía, sino compartirla para facilitar un funcionamiento más eficaz. Y así es como se ha hecho, no para perderla, ni para entregarla a una potencia extranjera.

Los 17 Estados de la eurozona renunciaron a su divisa soberana para adoptar el euro como moneda única para todos, y crearon un Banco Central Europeo dotado de poderes estatutarios para elaborar una política monetaria y controlar la inflación.

Es necesario recordar que este movimiento, sin precedentes históricos, nació en el siglo XX como consecuencia de dos guerras entre europeos que tuvieron el «privilegio» de considerarse «mundiales». El resultado de esta patología de confrontación destructiva fue que los seis países fundadores buscaran una vía de entendimiento --una ética de paz y cooperación-- a base de compartir los elementos (como el carbón y el acero) que provocaban las luchas por las hegemonías nacionales. Quizá el vacío actual se debe a que se ha perdido esa motivación, ese impulso ético de levantarse y, desde este esfuerzo común esencial, afrontar la crisis y reafirmar la propia identidad en la nueva realidad global. Esta pérdida de memoria o del impulso europeísta es lo que favorece la oleada destructiva de desunión a tavés de los nacionalismos.

No es posible una unión monetaria con políticas fiscales y económicas diveregentes
El proceso ha consistido en un estudio detallado de los elementos comunes y una ampliación constante a nuevos países. De los seis que firmaron el Tratado de Roma a los 27 actuales, 17 de los cuales comparten la misma moneda. Cuando se decidió que debía haber una divisa única, el euro, y un único Banco Central, nos olvidamos de unos cuantos elementos fundamentales para que el sistema funcione como es debido. No es posible una unión monetaria con políticas fiscales y económicas diveregentes. Al negociar el Tratado se hablaba de una Unión Económica y Monetaria, pero solo se desarrolló la unión monetaria, acompañada de un Pacto de Estabilidad y Crecimiento que se pensó que bastaba para garantizar el debido funcionamiento de la moneda única.

La crisis financiera de 2008 demostró que no era así. Las diferentes políticas económicas y fiscales produjeron un «choque asimétrico» entre los distintos países de la eurozona y agudizaron las consecuencias negativas de la crisis. Países que habían cumplido de sobra con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento se encontraron en situación desfavorable, como España, que pasó en dos años de un superávit presupuestario de más del 2% a un déficit del 10% y duplicó su deuda pública del 37% (que era menos de la mitad de las de Francia y Alemania) al 68,5% a finales de 2012.

Pero, además, las limitaciones estatutarias del Banco Central Europeo le impiden actuar como la Reserva Federal en Estados Unidos o el Banco de Inglaterra. Esas restricciones hacen que no sea más que un controlador de la inflación, sin tener en cuenta factores de crecimiento ni empleo.

Esta doble incoherencia —que Estados Unidos apoyó a finales del siglo XIX— debería hacernos comprender que necesitamos completar el Tratado e introducir un Gobierno económico de la Unión. El Tratado, ratificado hoy por 25 países, ha emprendido ya esta dirección, con un compromiso de estabilidad presupuestaria y sin dejarse abrumar por los problemas antes mencionados. Si tenemos una divisa única, una política monetaria única, es ilógico que tengamos políticas fiscales y económicas diferentes.

Pero eso incluye llevar a cabo las reformas que nos permitan crear un Gobierno fiscal y económico de la UE, con unas cesiones de soberanía tan decisivas que lo único que garantizarían sería la ausencia de choques asimétricos como los que hoy experimentamos. No es posible seguir intentando afrontar la crisis con verdaderas posibilidades e incorporarnos a la economía mundial sin un cambio de la dirección política actual acordado por todos y puesto en práctica por todas las instituciones.

La dirección actual está equivocada, y los procesos de toma de decisiones han estado impuestos por Alemania con el sumiso respaldo de Francia. Esta «dirección», que aborda el problema de la deuda sin verdaderas dudas, como si fuera una cuestión de solvencia que no existe pero que puede provocar ese error, y que se olvida de los graves desafíos del crecimiento y el empleo, está llevándonos a la ruina.

El acuerdo sobre estabilidad presupuestaria es un objetivo crucial, pero las expectativas de cumplimiento son brutales e innecesarias, y provocan una contracción económica que agrava todos los factores. La gente tiene la devastadora sensación de que los acuerdos se están imponiendo por las malas, no de que sean pactos aprobados por los miembros del Consejo Europeo y aplicados a través de las instituciones comunitarias.

La gente tiene la devastadora sensación de que los acuerdos se están imponiendo por las malas
La situación es muy peligrosa para el futuro de la UE. El rechazo de la población hacia la construcción europea va en aumento, los discursos nacionalistas obtienen cada vez más aplauso y no existe ni un solo proceso electoral nacional que esté en favor de la integración europea. Es la máxima contradicción: las elecciones se ganan en función de luchas internas de poder y las mayorías de Gobierno utilizan las demandas europeas para hacer lo contrario de lo que dicen sus programas.

Las bases del modelo europeo de cohesión y solidaridad están destruyéndose por culpa de unos acuerdos estratégicos que son tan brutales como ineficaces para resolver los problemas de esta crisis. La gente rechaza las graves consecuencias de estas políticas "anticrisis" que saben que no tenían por qué ser así. Necesitamos un Gobierno fiscal y económico de la UE con una soberanía compartida y un funcionamiento correcto de las instituciones, pero la política predominante está equivocada y solo servirá para engendrar nacionalismo y entieuropeísmo.

Esto no quiere decir que no sea necesario hacer reformas para mejorar nuestra competitividad y ajustar las cuentas públicas para permitir una sólida aproximación a la estabilidad presupuestaria.

La gran paradoja es que necesitamos avanzar hacia un Gobierno económico de Europa pero las medidas políticas que estamos tomando hacen que la gente rechace cada vez más este objetivo necesario y que los nacionalismos y la desunión salgan fortalecidos. A la UE le aguarda un camino muy oscuro.