Utopías
regresivas y debates agresivos
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 2 MAR 2007
El
debate en Iberoamérica va por el camino de la aspereza, sobrecargado de
apelaciones descalificadoras. Hay que encontrar el método para dialogar sobre
ideas y proyectos aplicables a la realidad actual, que contribuyan al
desarrollo económico y social, a la integración regional o subregional y a la
inserción de manera relevante en esta nueva era del conocimiento. Las naciones
de la región se aproximan al bicentenario de la independencia y vale la pena
plantearse los desafíos que han de enfrentar en el nuevo siglo.
Los
ciudadanos están eligiendo democráticamente a sus dirigentes, y ese valor
adquirido, tan escaso en nuestra historia a ambos lados del Atlántico, debe ser
respetado. En nuestro ámbito cultural, la mayor parte de los conflictos y de
los fracasos históricos han comenzado por elevar el tono de las palabras,
creando dinámicas de enfrentamiento innecesarias y autoexcluyentes. No importa
discrepar siempre que se respete al otro, particularmente ahora que lo legitima
el voto, aunque falle a veces la legitimación de ejercicio.
Es
cierto que llama la atención la reaparición de lo que un buen amigo llama las
utopías regresivas, anteriores en su formulación a las fracasadas del siglo XX,
pero también lo es que los ciudadanos se cansan de la desigualdad lacerante y
buscan alternativas a sus frustradas esperanzas. Ninguno de los vuelcos en las
decisiones populares puede desligarse de este fenómeno. También hay experiencias
de reconocimiento continuado de proyectos exitosos que han mejorado las
condiciones de vida de las mayorías. No merece la pena discutir si se trata de
oleadas hacia la izquierda o hacia la derecha, cuando se constata con facilidad
que detrás de los movimientos sociales que llevan a ensayar nuevos caminos
siempre hay cansancio ante las expectativas no satisfechas.
Estas
utopías regresivas son de diversos signos. Desde las que nos colocan la idea de
que "todo lo arregla el mercado", confundiendo economía de mercado
con sociedad de mercado, hasta las que nos retrotraen al ruralismo o la
excesiva presencia del Estado, volviéndolo a llenar de grasa e ineficiencia.
En
unos casos, nos retrotraen al fundamentalismo liberal que niega la función del
Estado o lo reduce al Estado mínimo, impidiéndole actuar para fomentar la
igualdad y redistribuir el ingreso. En otros, nos conducen a viejos
caudillismos redentores que se apropian del Estado y lo hacen clientelar,
ocupando espacios que no le corresponden, convirtiéndolo, a la postre, en
ineficiente.
Me
preocupa por igual que no se tenga en cuenta la historia, pretendiendo
refundaciones que la desconocen y que siempre fracasan porque la historia nos
persigue y nos condiciona, o que sólo se tenga en cuenta para generar cegueras
ante un futuro que ya está entre nosotros y que tenemos que enfrentar al
servicio de los ciudadanos. Por pura deducción lógica, lo que más preocupa es
una mezcla explosiva de las dos visiones: paraísos mitificados y perdidos que
se pretenden como horizonte de futuro, y rechazo a los desafíos reales que este
futuro nos presenta.
Si
observamos con imparcialidad lo que ocurre en una buena parte de Asia y del
Extremo Oriente, sin la tentación de la clasificación ideológica, se tiene la
evidencia de que caminan, en términos de desarrollo económico, hacia la nueva
civilización y de que ganan peso en su inserción en la nueva realidad mundial.
China, Vietnam, Corea del Sur, India..., etcétera, llevan un cuarto de siglo
avanzando en su producto bruto, añadiendo valor según los parámetros de la
economía del conocimiento, compitiendo y desplazando el comercio mundial de sus
centros gravitatorios tradicionales, en los que el Atlántico era el eje, para
sustituirlo por el Pacífico.
¿No
tienen la impresión de que caminamos por la senda opuesta en nuestra área
cultural, incluidos los éxitos parciales y los momentos de bonanza? No nos
estamos enterando de hacia dónde van las cosas en el siglo XXI para encararlas
con sentido, aprovechando las oportunidades y minimizando los riesgos.
Este
debate sí me parecería interesante como debate de ideas más que como
confrontación falsamente ideológica. Me parecería aún de mayor interés la
reflexión sobre los proyectos transformadores de la realidad para luchar contra
la desigualdad, no sólo como problema ético, sino como lastre para el
desarrollo en este nuevo siglo, o el de las deficiencias que soportamos en el
campo de las nuevas tecnologías, con carencias básicas en formación de capital
humano, o el de la energía como elemento de integración regional y desarrollo a
medio y largo plazo, además de como factor clave para la relevancia
internacional. Éstos son los elementos de preocupación que deberíamos tratar,
evitando el juego de descalificaciones personales tan propio de nuestra cultura
fulanista.
Pero,
además, me preocupa el proceso de toma de decisiones en todas las instancias
públicas, que nada tiene que ver con las disputas ideológicas. En general los
países en desarrollo y en particular la región latinoamericana, con pocas
excepciones, han de plantearse la mejora del funcionamiento de las
administraciones públicas como un factor decisivo para avanzar hacia la
centralidad o, si prefieren, hacia la modernidad que se identifica con los
países más desarrollados.
Un
proceso decisorio previsible, transparente y eficiente, en los plazos y
trámites, se convertiría en un gran estímulo para generar confianza ciudadana,
confianza en los actores económicos internos y externos. Aumentar la
credibilidad de nuestros sistemas democráticos depende, en gran medida, de la
transformación de lo que se llama discrecionalidad del poder que, en muchos
casos, es arbitrariedad en un sistema reglado y simple que se pueda
identificar, aliviando la vida de los ciudadanos en cualesquiera de sus relaciones
con las administraciones públicas. Se trata de mejorar la calidad de la
democracia.
Como
tantas veces en la acción política, estas materias que afectan al día a día de
la vida ciudadana, no forman parte ni de los programas electorales, ni de los
debates entre gobierno y oposición, hasta el punto de menospreciarse el impacto
que las reformas en el funcionamiento de las instituciones y de las
administraciones podrían tener en la lucha por el desarrollo económico y
social.
Deberíamos
hablar de cosas como éstas, porque no ofenden a nadie y pueden introducirnos en
una vía de diálogo entre todos para definir los caminos de América Latina hacia
la modernidad.
Felipe
González es ex presidente del Gobierno español.
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