Soberanía
compartida
El
único recurso que le queda a la Unión Europea, no solo frente a nuestra crisis
generalizada, sino para lograr incorporarnos a la nueva realidad global, es más
Europa
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 31 MAY 2012 - 07:28 CET21
El
único recurso que le queda a la Unión Europea, no solo frente a nuestra crisis
generalizada, sino para lograr incorporarnos a la nueva realidad global, es MÁS
EUROPA y menos NACIONALISMO RAMPANTE. Ninguno de nuestros países, grandes,
medianos o pequeños, tiene posibilidades de afrontar por su cuenta estos retos
actuales y futuros. Y, si no pueden conseguirlo por sí solos, ¿qué debemos
hacer para salir de esta crisis y asegurarnos un lugar en la nueva realidad?
Como
es natural, existen opiniones antieuropeas y antiglobalización que suelen
refugiarse en los términos nacionales o proteccionistas, que piensan en obtener
la libertad de actuar contra las necesidades prioritarias de Europa o que
emplean prácticas proteccionistas para eludir la cuestión de la falta de
competitividad que aqueja a una Europa desarrollada.
La
construcción de un espacio público común entre distintos países de la UE y de
la eurozona se hace mediante cesiones sucesivas de soberanía
Por
eso Europa debe optar entre avanzar de forma decidida hacia la federalización
de las políticas fiscales y económicas (además de los aspectos fundamentales de
la proyección exterior) o deshacer, a un precio desorbitado, el largo camino ya
recorrido hacia la construcción europea. La tentación dominante en la
actualidad, que consiste en dar pasos cortos y tardíos que no resuelven ningún
problema, está creando cada vez más frustración entre los ciudadanos.
La
construcción de un espacio público común entre distintos países --los de la
Unión Europea y, dentro de ella, los de la eurozona-- se hace mediante cesiones
sucesivas de trozos de soberanía natal para compartirlas con los demás, a
través de las instituciones comunitarias previamente definidas en los tratados.
Los Estados de la UE han ido cediendo sus políticas agrarias para constituir la
PAC y sus relaciones comerciales con otros países para administrarlas de forma
conjunta. Eso no significa perder la soberanía, sino compartirla para facilitar
un funcionamiento más eficaz. Y así es como se ha hecho, no para perderla, ni
para entregarla a una potencia extranjera.
Los
17 Estados de la eurozona renunciaron a su divisa soberana para adoptar el euro
como moneda única para todos, y crearon un Banco Central Europeo dotado de
poderes estatutarios para elaborar una política monetaria y controlar la
inflación.
Es
necesario recordar que este movimiento, sin precedentes históricos, nació en el
siglo XX como consecuencia de dos guerras entre europeos que tuvieron el
«privilegio» de considerarse «mundiales». El resultado de esta patología de
confrontación destructiva fue que los seis países fundadores buscaran una vía
de entendimiento --una ética de paz y cooperación-- a base de compartir los
elementos (como el carbón y el acero) que provocaban las luchas por las
hegemonías nacionales. Quizá el vacío actual se debe a que se ha perdido esa
motivación, ese impulso ético de levantarse y, desde este esfuerzo común
esencial, afrontar la crisis y reafirmar la propia identidad en la nueva
realidad global. Esta pérdida de memoria o del impulso europeísta es lo que
favorece la oleada destructiva de desunión a tavés de los nacionalismos.
No
es posible una unión monetaria con políticas fiscales y económicas diveregentes
El
proceso ha consistido en un estudio detallado de los elementos comunes y una
ampliación constante a nuevos países. De los seis que firmaron el Tratado de
Roma a los 27 actuales, 17 de los cuales comparten la misma moneda. Cuando se
decidió que debía haber una divisa única, el euro, y un único Banco Central,
nos olvidamos de unos cuantos elementos fundamentales para que el sistema
funcione como es debido. No es posible una unión monetaria con políticas
fiscales y económicas diveregentes. Al negociar el Tratado se hablaba de una
Unión Económica y Monetaria, pero solo se desarrolló la unión monetaria,
acompañada de un Pacto de Estabilidad y Crecimiento que se pensó que bastaba
para garantizar el debido funcionamiento de la moneda única.
La
crisis financiera de 2008 demostró que no era así. Las diferentes políticas
económicas y fiscales produjeron un «choque asimétrico» entre los distintos
países de la eurozona y agudizaron las consecuencias negativas de la crisis.
Países que habían cumplido de sobra con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento
se encontraron en situación desfavorable, como España, que pasó en dos años de
un superávit presupuestario de más del 2% a un déficit del 10% y duplicó su
deuda pública del 37% (que era menos de la mitad de las de Francia y Alemania)
al 68,5% a finales de 2012.
Pero,
además, las limitaciones estatutarias del Banco Central Europeo le impiden
actuar como la Reserva Federal en Estados Unidos o el Banco de Inglaterra. Esas
restricciones hacen que no sea más que un controlador de la inflación, sin
tener en cuenta factores de crecimiento ni empleo.
Esta
doble incoherencia —que Estados Unidos apoyó a finales del siglo XIX— debería
hacernos comprender que necesitamos completar el Tratado e introducir un
Gobierno económico de la Unión. El Tratado, ratificado hoy por 25 países, ha
emprendido ya esta dirección, con un compromiso de estabilidad presupuestaria y
sin dejarse abrumar por los problemas antes mencionados. Si tenemos una divisa
única, una política monetaria única, es ilógico que tengamos políticas fiscales
y económicas diferentes.
Pero
eso incluye llevar a cabo las reformas que nos permitan crear un Gobierno
fiscal y económico de la UE, con unas cesiones de soberanía tan decisivas que
lo único que garantizarían sería la ausencia de choques asimétricos como los
que hoy experimentamos. No es posible seguir intentando afrontar la crisis con
verdaderas posibilidades e incorporarnos a la economía mundial sin un cambio de
la dirección política actual acordado por todos y puesto en práctica por todas
las instituciones.
La
dirección actual está equivocada, y los procesos de toma de decisiones han
estado impuestos por Alemania con el sumiso respaldo de Francia. Esta
«dirección», que aborda el problema de la deuda sin verdaderas dudas, como si
fuera una cuestión de solvencia que no existe pero que puede provocar ese
error, y que se olvida de los graves desafíos del crecimiento y el empleo, está
llevándonos a la ruina.
El
acuerdo sobre estabilidad presupuestaria es un objetivo crucial, pero las
expectativas de cumplimiento son brutales e innecesarias, y provocan una
contracción económica que agrava todos los factores. La gente tiene la
devastadora sensación de que los acuerdos se están imponiendo por las malas, no
de que sean pactos aprobados por los miembros del Consejo Europeo y aplicados a
través de las instituciones comunitarias.
La
gente tiene la devastadora sensación de que los acuerdos se están imponiendo
por las malas
La
situación es muy peligrosa para el futuro de la UE. El rechazo de la población
hacia la construcción europea va en aumento, los discursos nacionalistas
obtienen cada vez más aplauso y no existe ni un solo proceso electoral nacional
que esté en favor de la integración europea. Es la máxima contradicción: las
elecciones se ganan en función de luchas internas de poder y las mayorías de
Gobierno utilizan las demandas europeas para hacer lo contrario de lo que dicen
sus programas.
Las
bases del modelo europeo de cohesión y solidaridad están destruyéndose por
culpa de unos acuerdos estratégicos que son tan brutales como ineficaces para
resolver los problemas de esta crisis. La gente rechaza las graves
consecuencias de estas políticas "anticrisis" que saben que no tenían
por qué ser así. Necesitamos un Gobierno fiscal y económico de la UE con una
soberanía compartida y un funcionamiento correcto de las instituciones, pero la
política predominante está equivocada y solo servirá para engendrar
nacionalismo y entieuropeísmo.
Esto
no quiere decir que no sea necesario hacer reformas para mejorar nuestra
competitividad y ajustar las cuentas públicas para permitir una sólida
aproximación a la estabilidad presupuestaria.
La
gran paradoja es que necesitamos avanzar hacia un Gobierno económico de Europa
pero las medidas políticas que estamos tomando hacen que la gente rechace cada
vez más este objetivo necesario y que los nacionalismos y la desunión salgan
fortalecidos. A la UE le aguarda un camino muy oscuro.
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